Sé que no existo

Sé que no existo, que sólo soy alguien en la imaginación del que me está escribiendo ahora mismo, que dejaré de respirar en cuanto él levante la pluma del papel y se dedique a otra cosa, seguramente más prosaica, como llevar a su hija al colegio, cepillarse los dientes o cualquier otra pendejada.

Sé que no existo si tú no me lees, que desapareceré cuando alces los ojos de estas líneas y tu mente vuele a otro nido, a correr aventuras diferentes, a enfocar tu momento de ocio en otro objetivo, una película de críticas entusiastas y taquilla como para declarar el cine en quiebra, un videojuego de gráficos espectaculares diseñado para atontar niños, una canción envolvente que te retrotrae, como un buen vino, a otro momento, a otra emoción. Sé que no existo porque no me puedo rascar cuando me pica, ni beber cuando me entra sed, ni comer cuando mi estómago ruge, ni hablar cuando me apetece comunicar algo. Ahora no estoy hablando, la voz que oyes en tu cabeza es tuya, ni siquiera las palabras me pertenecen, son del tipo que me escribe, que me imagina, espero que alto y guapo, siempre he querido ser alto y guapo, y rico e inteligente. Por ese orden. Pero la vida suele ser injusta, la literaria mucho más, así que me habrán dibujado bajito, rechoncho, la cara comida por el acné, ideas las justas y dinero, ni para coger con una prostituta rusa.

Sé que no existo más allá de la literatura, fuera de estos cuatro márgenes blancos, de esta ventana del navegador, de estos pixeles del libro electrónico. Una batería al uno por ciento puede acabar con mi reino y enviarme al limbo de las historias dejadas a medias donde habitan los peores textos de la literatura, abominaciones sin sentido, digresiones superficiales, reflexiones que no deberían haber salido del cajón, confesiones destinadas a un diario del que ocultar la llave en la boca de un pez en el fondo del mar.

Sé que no existo, que probablemente me estén soñando y en cualquier momento el soñador despertará y acabará con mi vida, tan fácil como abrir los ojos y desperezarse. Apenas quedará de mí un recuerdo entre sombras, una niebla que se disipa, el eco de un susurro, una página que se pasa y llega al fin.

Alex Pelayo

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