“La muerte niña”

Litografía. La muerte niña. Abril 2015

Litografía.”La muerte niña” por Cecilia Ávila Velázquez. Abril 2015.

Mujer no te lleves a mis hijas cuando aún viva. Déjamelas ahora y quizás si me das señales de tu capricho, yo decida darte una tregua…

Mujer déjame a mis hijas ahora. Ya tengo la desventaja de no verlas ancianas y eso me rompe el alma, por eso te ofrezco ese sufrimiento mío, aléjate lo más que puedas y déjalas tranquilas…

Mujer, sé que llegará la hora, te he dado velas en muertes ajenas, por eso te pido de nuevo, que les arrulles con suave voz, cobíjalas en lindas telas y hazlas reír, que no me vean sufrir y así, lenta y amorosamente, cárgalas y ve a tu destino…

Cecilia Ávila Velázquez.

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Sé que no existo

Sé que no existo, que sólo soy alguien en la imaginación del que me está escribiendo ahora mismo, que dejaré de respirar en cuanto él levante la pluma del papel y se dedique a otra cosa, seguramente más prosaica, como llevar a su hija al colegio, cepillarse los dientes o cualquier otra pendejada.

Sé que no existo si tú no me lees, que desapareceré cuando alces los ojos de estas líneas y tu mente vuele a otro nido, a correr aventuras diferentes, a enfocar tu momento de ocio en otro objetivo, una película de críticas entusiastas y taquilla como para declarar el cine en quiebra, un videojuego de gráficos espectaculares diseñado para atontar niños, una canción envolvente que te retrotrae, como un buen vino, a otro momento, a otra emoción. Sé que no existo porque no me puedo rascar cuando me pica, ni beber cuando me entra sed, ni comer cuando mi estómago ruge, ni hablar cuando me apetece comunicar algo. Ahora no estoy hablando, la voz que oyes en tu cabeza es tuya, ni siquiera las palabras me pertenecen, son del tipo que me escribe, que me imagina, espero que alto y guapo, siempre he querido ser alto y guapo, y rico e inteligente. Por ese orden. Pero la vida suele ser injusta, la literaria mucho más, así que me habrán dibujado bajito, rechoncho, la cara comida por el acné, ideas las justas y dinero, ni para coger con una prostituta rusa.

Sé que no existo más allá de la literatura, fuera de estos cuatro márgenes blancos, de esta ventana del navegador, de estos pixeles del libro electrónico. Una batería al uno por ciento puede acabar con mi reino y enviarme al limbo de las historias dejadas a medias donde habitan los peores textos de la literatura, abominaciones sin sentido, digresiones superficiales, reflexiones que no deberían haber salido del cajón, confesiones destinadas a un diario del que ocultar la llave en la boca de un pez en el fondo del mar.

Sé que no existo, que probablemente me estén soñando y en cualquier momento el soñador despertará y acabará con mi vida, tan fácil como abrir los ojos y desperezarse. Apenas quedará de mí un recuerdo entre sombras, una niebla que se disipa, el eco de un susurro, una página que se pasa y llega al fin.

Alex Pelayo

Tres minutos

Le pregunté a mi padre por qué a los boxeadores no les causaba dolor los golpes de su contrincante, yo no podía imaginar a alguien golpearme tan fuerte y yo seguir avanzando hacia él, inmune al dolor y queriendo recibir más, no entendía el sacrificio, sólo dijo que el dolor de ellos es diferente al de nosotros, no dijo más, siguió animando a su peleador, a su ganancia, en ese momento su respuesta no me dijo nada, ¿pelear por gusto no causa dolor?

Todavía recuerdo los jueves de boxeo en el Gimnasio municipal, cada semana iba con la idea de descifrar en las peleas, la respuesta que había recibido con respecto al dolor de los boxeadores, en la búsqueda del dolor sólo encontraba fiesta y bullicio, se encuentra el pueblo reunido alrededor de dos hombres que buscan acabar con el otro, apoyando con gritos y con mentadas de madre, se escuchan los mejores entrenadores dando consejo a los púgiles, amateurs y profesionales se golpean, algunos hasta casi matarse, para nada mas al escuchar un abrazarse y besarse como hermanos, aún me sorprende como el simple sonido de la campana ocasiona que todo vuelva a la normalidad, y así mismo haga que las hostilidades reinicien, asemejando a los perros que comienzan a ladrar al escuchar ese silbato imperceptible al oído humano, sin embargo sé que existe una norma moral que  rige el actuar de estos llamados salvajes, los salvajes no bailan así, moviéndose y contoneándose por todo el ring, los salvajes no golpean por la espalda ni dan golpes bajos, ellos entienden que son hermanos del mismo dolor, hijos del infortunio que los obliga a recibir golpes y llevar cicatrices físicas y morales, tal vez mi sangre al ser tan caliente concibe rencor donde ellos ven camaradería, y sin embargo de estos seres que golpean primitivamente, de estos obreros del cuadrilátero, se han forjado ídolos nacionales, leyendas históricas. ¿Pelear por reconocimiento no causa dolor?

Llego un momento, después de tantas funciones de boxeo, cientos de rounds, cientos de campanadas, en el que el dolor no me era importante, no me preguntaba el porqué de los golpes, empezando a disfrutar de los golpes fue que comencé a entender este oficio (con esto me doy cuenta que la violencia es disfrutable mientras se establezcan y respetan normas, cada quien sabe a lo que le entra), El dolor crea, los huesos rotos forman parte de la vida de un boxeador, quiebran lo que golpean, se quiebra contra lo que es golpeado, entre más rompas más asciendes. Sin embargo este deporte no es para todos, que se necesita para entrarle a los chingadazos y vivir de ello, quien tenga esa pregunta le digo que la respuesta no la encontrara el día de la pelea, sino en la preparación para ella, en el gimnasio.

“Para ser campeón se necesita tener hambre”, con esta frase te recibe el gimnasio de boxeo de mi colonia, donde están desde los niños que son llevados por sus padres dada la disciplina y la exigencia física y mental que conlleva esta actividad, también podemos ver a los que ya cobran, los que “viven” del box, ahí están los que entraron por que es más sencillo  tirar golpes y recibir dinero por ello que trabajar para la empresa automotriz recién llegada a la ciudad, narices chatas, orejas de coliflor, dedos rotos, cejas cortadas, costillas rotas, orinando sangre y aun así “ganas cinco veces más en treinta minutos que en jornadas diarias de doce horas en las fábricas explotadoras de los japoneses”, suelen decir varios de ellos, ¿Cuál tendrá mayor riesgo laboral? Eso no lo sé, también están los que un padre golpeador o barrios peligrosos los obligo a aprender a defenderse, “la vida me ha dado más palos” dice un joven mientras hace sombra frente a un espejo, sin duda el dolor de la calle, el dolor de cada vida no puede compararse a doce rounds contra un oponente en igualdad de condiciones, con reglas escritas y establecidas y con normas morales aceptadas por ambos, lamentablemente la vida diaria no te da esas facilidades, existe más riesgo en las calles por la incertidumbre, las dudas de cada día, al menos suben a un ring asumiendo el riesgo de morir como algo inherente a su forma de vivir, se mata y se muere, aquí no se asesina, se toma la vida. Es por eso que avanzan hacia los golpes, la inmolación es parte de la reivindicación como individuo, el que no arriesga no gana, se pone pecho a la vida como a los puños, se golpea la carencia, se golpean los sacrificios con la esperanza de que lleguen triunfos y reconocimientos. El hambre es la tierra en la que germina el posible éxito, aunque también puede ser donde entierres al hombre.

Ahora creo entender que el dolor de los boxeadores es diferente al de los simples mortales porque viene precedido del sufrimiento, en sentido inverso a “nuestro” sufrimiento que es anterior al padecimiento, la ausencia es suplida con dolor, el dolor como motor, la sangre derramada aquí es combustible, no deterioro. El dolor crea, hay quien afirma que es un arte, el arte de la guerra, la estrategia propia sobre el rival debe prevalecer mientras se es atacado, a donde moverse, a donde no hacerlo, en que momento y donde golpear, no es solo lo que parece, no es como el tenis, en el que si te equivocas es un 15- 0, en el boxeo puede ser la vida misma.

Hace poco leí una entrevista realizada a Barry Macguigan, antiguo campeón irlandés, en la que afirmaba haberse dedicado al boxeo al darse cuenta de que nunca podría escribir grandes novelas o sublimes poesías, afirmaba que un escritor se desnuda para ser admirado, se muestra tal como es, entiendo que un boxeador hace lo mismo, vive de sus manos, de lo que la mente les ordena que hagan, romper huesos para ser y para subsistir, empuñar la mano y tomar la pluma puede salvar, puede curar e incluso redimir, en tres minutos puedes crear arte con el dolor.

Pablo Jara

BOX

Los saludos

Cuando llegue a su destino y sea recibido por un peculiar gentío: ocurrirán los saludos. Esto es un inconveniente para algunos y para otros no tanto. No sea retraído y confié en el entorno. Los saludos se caracterizan, acompañados de una breve cordialidad, con un apretón de mano o con una sonrisa supuesta o con un contacto visual siniestro, ya después de la mímica forzada e imitada por la otra persona, siguen las palabras. Se habla para presumir que podemos usar el decoro en varias expresiones y con otros sentidos, aun siendo una lengua en común los gestos nunca son suficientes y el caló despejará su timidez. Momentos después, ocultando la desgana, sucede el acoplamiento a los grupos presentes. A partir de aquí llegarán otros y a usted le tocará recibirlos con el mismo sombrío ritual, pero si usted demuestra un menor interés al saludar, esto será percibido y juzgado por el recién llegado, lo mismo ocurre si exagera el momento, entonces en ambas situaciones usted será tomado por un tonto. Cúlpese con todo el ímpetu posible pero de preferencia al finalizar su reunión, mientras tanto finja que no ha sucedido la vergüenza, ya que también ante tal comportamiento irónico de su parte, ahora lo tomarán por estúpido. Acomódese entre las personas, sonría, escuche, afirme lo que desconozca, después mire su muñeca, vea el reloj, suponga que es tarde que alguien lo espera y recoja sus pertenecías. Desde la puerta, con un movimiento efusivo sin ser infantil y ridículo, agite su mano hacia las personas y anuncie su retiro sin gritar.

 

Víctor Hugo Ávila Velázquez.