Lazzaro felice. Alice Rohrwacher. El Conde Filmstrostky.

Italia está aquí, como siempre, con su excelso cine. El Conde está feliz de ver películas así de hermosas. Esto es el gran cine y no hay nada más que agregar a este grandioso guion y dirección. Quizá un guiño a Nicoletta Braschi pero estaría de más. Bien hecho. Buen trabajo.

4/5 Estrellas.

 

El Conde Filmstrostky

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Una cruza. Franz Kafka.

Tengo un animal curioso, mitad gatito, mitad cordero. Es una herencia de mi padre. En mi poder se ha desarrollado del todo; antes era más cordero que gato. Ahora es mitad y mitad. Del gato tiene la cabeza y las uñas, del cordero el tamaño y la forma; de ambos los ojos, que son huraños y chispeantes, la piel suave y ajustada al cuerpo, los movimientos a la par saltarines y furtivos. Echado al sol, en el hueco de la ventana se hace un ovillo y ronronea; en el campo corre como loco y nadie lo alcanza. Dispara de los gatos y quiere atacar a los corderos. En las noches de luna su paseo favorito es la canaleta del tejado. No sabe maullar y abomina a los ratones. Horas y horas pasa al acecho ante el gallinero, pero jamás ha cometido un asesinato.

Lo alimento con leche dulce; es lo que mejor le cae; la sorbe a tragos largos por entre sus dientes de fiera. Naturalmente es todo un espectáculo para los niños. Los días de visita son los domingos por la mañana. Yo coloco al animalito en mi regazo, y los chicos de todo el vecindario se paran a mí alrededor. Entonces se formulan las preguntas más inverosímiles, preguntas a las que nadie podría contestar: por qué existe un animal semejante; por qué soy yo precisamente quien lo tiene; que si antes de él ha habido ya algún animal así, y qué pasará después de su muerte; que si se siente solo; por qué no tiene cría; cómo se llama, etcétera.

No me tomo la molestia de contestar, sino que me reduzco a mostrar, sin más explicaciones lo que poseo.

A veces los niños traen gatos consigo; una vez llegaron hasta a traer dos corderos; pero, contra lo que esperaban, no se produjeron escenas de reconocimiento; se miraban mutuamente con ojos de animales, y resultaba evidente que cada uno aceptaba la existencia del otro como una realidad dispuesta por Dios.

En mi regazo el animal no conoce miedo ni apetitos persecutorios. Acurrucado contra mí es como mejor se siente; está apegado a la familia que lo crió. No se trata de una fidelidad fuera de lo común, sino del auténtico instinto de un animal que tiene sobre la tierra innumerables parientes políticos pero quizá ninguno consanguíneo, y para el cual, por este motivo, la protección que ha encontrado en nosotros es sagrada.

A veces no puedo menos que reírme cuando me olfatea, se desliza por entre mis piernas y no hay modo de separarlo de mí. No contento aún con ser cordero y gato, casi que quiere ser, además, perro. Una vez que yo –cosa que puede ocurrirle a cualquiera- me encontraba en un callejón sin salida en mis negocios y en todo lo relacionado con ellos, quería abandonar todo, y en tal estado de ánimo estaba en casa echado en el sillón-mecedora, con el animal en el regazo, al bajar por casualidad la vista, noté que los enormes pelos de su barba goteaban lágrimas… ¿Eran mía? ¿Eran suyas? ¿Es que aquel gato con alma de cordero presumía también de humano? No es gran cosa lo que heredé de mi padre, pero esta parte de la herencia es algo como para lucir.

Siente en sí las inquietudes de ambos: las del gato y las del cordero, por más distintas que sean; por eso siente que su pellejo le queda chico.

A veces se sube de un salto al sillón, se ubica a mi lado, apoya con fuerza las patas delanteras en mi hombro y mantiene su hocico pegado a mi oreja. Es como si me dijese algo; y, efectivamente, después se inclina hacia adelante y me mira a la cara, para observar qué impresión me ha producido lo que acaba de comunicarme; y yo, por complacerlo, hago como si hubiese entendido algo y asiento con la cabeza. Entonces salta al suelo y bailotea en torno de mí.

Para este animal quizás el cuchillo del carnicero fuese una solución, que, sin embargo, tengo que negarle por tratarse de algo heredado. Por eso tendrá que esperar a echar por sí  solo el último suspiro, por más que a veces me mire con ojos humanamente inteligentes que parecieran incitarme a proceder con inteligencia.

 

* Franz Kafka (1883-1924) Nace en la Praga del Imperio austrohúngaro. Escritorazo.

** Un gato de Fernando Botero.

Un juego de dos. Cecilia Ávila.

Haz aire con tus piernas largas

como un rehilete en nuestra cama.

Nada en mi rojo corazón

en tu lancha llamada apego

y usemos los besos como remos.

Háblame en la noche azulada

con tus gritos desesperados

de una niña extraviada.

No hay otra cosa

que el juego de niños

en las sucias mentes

de un adulto efímero.

 

Cecilia Ávila Velázquez.

* Ernst Ludwig Kirchner.

KATORGA. Pablo Jara.

La razón no me ha llevado a nada, al contrario, se ha convertido en una cárcel para mí, atrapado en ella, preso y exiliado, haciéndome preguntas para las que aún no tengo respuestas, insomnio, mal sabor de boca, jaquecas, los sabios dicen que eso es la vida, y cuando se acaba, la muerte te lleva igual ignorante, igual sabio, pero mientras que ¿me mato y ya? No soy tan valiente,  al menos no en este momento. Es mejor morir irracionalmente  por una mujer o por mi país.

Morir.

 

Pablo Jara.

* Aleksander Sochaczewski’s.

Bone Tomahawk. S. Craig Zahler. El Conde Filmstrostky.

Western, sucio y primerizo, de trama lenta y sencilla. Aquí sobresale el trabajo actoral, nadie como Kurt Russell para estos líos, y no por nada es un ícono que vive siempre en el medio o lejano oeste.

Ahora bien quiero hablarles de un amigo, a este actor lo quiero mucho y siento que yo, el pobre y desventurado Conde Filmstrostky, acabaré con la misma cara triste que tiene Richard Jenkins. Esplendido actor y que además de humilde también desborda carisma. En fin; lo amo.

Ya lo demás son ridiculeces y por menores. Osea, caníbales del oeste, no se rían, pues ninguna época es susceptible a este tipo de singularidades.

2/5 Estrellas.

 

El Conde Filmstrostky.

En poste de luz. Enrique Husim.

Era muy tarde por la noche cuando un hombre de aspecto muy mayor se me acercó. No suelo iniciar una conversación con los desconocidos, pues nunca se cómo van a reaccionar después.

— ¡Hola! ¿Disculpa, tienes fuego? —. Me dijo mientras sentía como examinaba mi perfil de reojo.

— Si claro, permíteme—. Respondí.

Saqué el encendedor, que algún tiempo atrás, me había regalado una persona que fue muy importante para mí y que tenía grabada una frase en broma por el 12 de Diciembre del 2012; el esperado fin del mundo. Lo encendí a la primera y acerqué su llama al extraño que me seguía mirando fijamente como si no pudiera concebir el verme.

—Gracias, ¿quieres un cigarrillo?

—No, gracias.

—Y, si no es indiscreción, ¿qué haces solo a esta hora recargado en este poste, muchacho?

—Realmente no lo sé.

— ¿Cómo? ¿De verdad, no lo sabes?

—Sólo sé que tengo la sensación de que he olvidado algo.

— ¿Algo como qué?

—No sé, se siente como si en algún lado hubiese dejado una vela encendida.

— ¿Una vela?

—Si, como si hubiese dejado una ventana o una puerta abierta.

—Eres algo raro. — Dijo el viejo, cuya mirada cambió, como si de pronto supiese que tipo de persona era yo, sus ojos y el movimiento lento de sus expresiones al hablar, le daban un aire de sabiduría. Yo no respondí nada, hubo un momento de silencio hasta que él habló.

—Pasan de las tres de la mañana, ¿no?

—Sí, así parece.

— ¿No tienes frío muchacho? está helando.

—Pues no, realmente no tengo frío.

— ¿Y no temes estar aquí tu solo?

—Cuando estaba vivo sí.

—Ya veo, pues me marcho, debo ir a la cama, ya me duelen bastante los pies.

El viejo apagó su cigarrillo con mucho cuidado, había fumado solo la mitad, el resto del cigarrillo lo guardó en el bolsillo de su vieja chamarra de lana. Se marchó con un ademán.

—Cuídate chico, quizá nos veamos pronto, lamento lo que sea que te haya pasado, uno no debería morir tan joven.

No dije nada, solo me limité a ver la silueta de aquel hombre perderse en la noche, mientras se alejaba de la luz del poste del cual estaba recargado.

 

Enrique Husim.

*Marian Wawrzeniecki. 1863-1943.

Sing Street. John Carney. El Conde Filmstrostky.

¡Qué añoro de los ochentas!

Qué viaje musical, de composición y alegría. Qué hermosa la vida cuando se escucha algo dentro de ti y afuera de ti.

Sobre todo que felicidad cuando eres un joven inglés y aun no le conoces nada malo a la vida.

Uy, y lo que le falta de actuación le sobra de ricura a Lucy Boynton, pero no importa, de eso se trata este deleite… pero venga, que tampoco se queda atrás Aidan Gilen, eh chicas, meñique meñique.

3/5 Estrellas.

 

El Conde Filmstrostky.